miércoles, 31 de diciembre de 2008

Crisis mundial: Paradero desconocido




Hola Fred. Habrás estado leyendo, como yo, una sarta de tonterías sobre esta crisis. Muchos invocan ¡la falta de honradez! Pero no es que esta gente (digo, los capitalistas financieros…) sea peor. Ocurre que, a diferencia de los demás capitalistas, trabajan casi exclusivamente con fondos ajenos, y aunque en teoría deban responder por estos, no son su capital, aunque igual intenten sacar beneficios como si lo fueran. En cambio el cliente de un banco, por más capitalista que sea en su empresa, y en cualquier modalidad en que coloque su dinero, no es copropietario del banco. Cuando les conviene, los economistas burgueses confunden dinero con capital, mercado con capitalismo, y dicen que “todos somos capitalistas si tenemos 2 pounds en el bolsillo”; pero, como ellos mismos saben, una cosa es rescatar a un banco y otra a sus ahorristas. Por eso los “financistas” se benefician de las especulaciones cuando son exitosas, y quieren que se les resarza cuando fracasan.Fíjate en la siguiente caricatura. El slogan circuló hace unas semanas en una manifestación callejera contra Wall Street. Pero esos pobres diablos no entienden que mientras no nos libremos del capitalismo estaremos condenados a soportar a los capitalistas.


El slogan nos retrata un mundo infame, pero no es un problema de personas. En el capitalismo el valor ante todo es capital, y todas las otras formas que el valor asuma (ingresos personales, ahorros, títulos, bonos, acciones no preferenciales, etcétera) deben cederle el paso a su Majestad. El dinero solo puede funcionar como medida del valor, como medio de su preservación y de cambio, o como medio de pago, si antes funciona como capital: si de alguna manera, en algún lugar del sistema, algo o alguien garantiza su rentabilidad. A menos que cada capitalista opere solamente con su propio dinero —con lo cual no habría capitalismo—, el sistema funciona sobre la base de la confianza. Si, como ahora, los grandes concentradores de dinero (bancos y empresas afines) no pueden generarla, deberá hacerlo el Estado. O bloques de estados; ya se llegó al G20. ¡Cómo ha avanzado pues la socialización capitalista!, esto que llaman “globalización”. ¡Y cómo ha retrocedido la de las clases trabajadoras!En 1865, cuando escribía el tomo III de El capital, no me hacía ilusiones sobre las fábricas cooperativas de entonces, pero ya eran algo: desde la producción los trabajadores aspiraban a ir más allá del capitalismo. En cambio ahora ellos depositan sus fondos de pensiones para percibir “utilidades” —lo cual es cierto desde el punto de vista contable—, y con eso ¡creen ser capitalistas! Los verdaderos capitalistas —que se mueven como pez en el agua entre las tasas de interés— y el Estado con el gasto público, pero en particular con la deuda pública, desbordan la propiedad privada y actúan mediante la apropiación capitalista. (Esto último lo explico en la sección VII del tomo I, pero casi nadie lo ha entendido.)Lo que manda en el sistema capitalista es el sostenimiento de la acumulación, cuyo primer paso es la realización continua de la plusvalía. Para ello se sirve de un mecanismo ciego de ensayo y error, al cual los sicofantes llaman “ley” de la oferta y la demanda. No ven que ella es solo la fricción del engranaje, de la interdependencia indispensable a la “cadena de pagos”. Cuando esta se desploma el Estado recurre a su poder político para reestructurar la propiación, como en el actual “rescate financiero”. Por eso este dinero “debe” rescatar a los bancos y no a los deudores hipotecarios. ¿Te imaginas de dónde extraerán toda esa suma? ¡El Estado sigue siendo un comité ejecutivo de toda la clase capitalista! ¡Y lo dijimos hace 160 años en nuestro Manifiesto!Claro que las fuerzas productivas desde entonces son ya totalmente otras, pero qué poco ha cambiado el capitalismo. Si antes del Canal de Suez y de la navegación a vapor la lentitud del comercio China-Inglaterra permitía diez meses de especulación con las letras de cambio (revisa El capital, volumen 7, pp. 525-526. Siglo XXI), hoy se especula gracias a… la rotación de la tierra: ¡las diferencias horarias entre los grandes mercados, e incluso al interior del mismo día! Fíjate lo que ese chaval Joaquín Estefanía describía indignado hace cinco años.“[1] … compra-venta de acciones de los grandes inversores a partir de las cuatro de la tarde, cuando los mercados de EE. UU. cerraban. La operación se realizaba en un mercado asiático aprovechando el margen de protección de los husos horarios, entre 12 y 15 horas. Si las cosas iban bien en el mercado asiático, los inversores se aseguraban unos beneficios con rapidez (late trading). [2] … ejecutar entradas y salidas rápidas en el fondo de inversión aprovechando que su valor de liquidación se establece una vez al día, a pesar de que los valores en los que se interviene fluctúan a lo largo de la jornada (market timing)” [Joaquín Estefanía: “Cuando el capitalismo pierde la cabeza”. El País, domingo 7 de diciembre del 2003].
Ya lo dijo Bertolt en su Ópera de tres centavos: “¿Qué es peor, robar un banco, o fundarlo?” Los desastres que vienen tras el estallido de estas “burbujas financieras”, tratando de burlar nuestra ley del valor, la reafirman. Pero repito, el capitalismo sería imposible si cada capitalista manejara solo su propio dinero. Por eso existen los bancos; con ellos surge el capital productor de interés. Por eso también existen las acciones, y con ellas la bolsa. Sin embargo, bajo estas formas el capital rota a la velocidad de una ruleta frente a la lentitud del capital productivo. Imposible impedir que se forme una “economía casino” (¡me gusta esa palabra! ¿A quién se le habrá ocurrido?). Tras la parodia de la “autorregulación” tratarán de reivindicar la regulación estatal, ¿pero quién regula a los reguladores? Solo podría hacerlo la clase obrera, la cual es ahora un trabajador colectivo tan inmenso como heterogéneo y contradictorio. A ver si los muchachos del Foro Social Mundial organizan algo.Tuyo,El Moro

P.D.: Las ventas de El capital en la Feria de Frankfurt me preocupan: ¿qué van a entender con el actual nivel teórico? Además, ¡no me reconocen un miserable euro por derechos de autor! Vivo todas las desventajas del capitalismo y ninguna de sus ventajas. Me reconforta nuestra correspondencia del año pasado sobre Windows Vista. Ahora que este producto ha fracasado algún efecto habrá tenido ese email que instaba a los cybernauts a no comprarlo. ¡Una pequeña victoria popular! ¡Chúpate esa, Gates!

La crisis del siglo

Los terremotos que sacudieron las Bolsas durante el pasado "septiembre negro" han precipitado el fin de una era del capitalismo. La arquitectura financiera internacional se ha tambaleado. Y el riesgo sistémico permanece. Nada volverá a ser como antes. Regresa el Estado. El desplome de Wall Street es comparable, en la esfera financiera, a lo que representó, en el ámbito geopolítico, la caída del muro de Berlín. Un cambio de mundo y un giro copernicano. Lo afirma Paul Samuelson, premio Nobel de Economía: "Esta debacle es para el capitalismo lo que la caída de la URSS fue para el comunismo". Se termina el periodo abierto en 1981 con la fórmula de Ronald Reagan: "El Estado no es la solución, es el problema". Durante treinta años, los fundamentalistas del mercado repitieron que éste siempre tenía razón, que la globalización era sinónimo de felicidad, y que el capitalismo financiero edificaba el paraíso terrenal para todos. Se equivocaron.
La "edad de oro" de Wall Street se ha acabado. Y también una etapa de exuberancia y despilfarro representada por una aristocracia de banqueros de inversión, "amos del universo" denunciados por Tom Wolfe en La Hoguera de las vanidades (1987). Poseídos por una lógica de rentabilidad a corto plazo. Por la búsqueda de beneficios exorbitantes. Dispuestos a todo para sacar ganancias: ventas a corto abusivas, manipulaciones, invención de instrumentos opacos, titulización de activos, contratos de cobertura de riesgos, hedge funds... La fiebre del provecho fácil se contagió a todo el planeta. Los mercados se sobrecalentaron, alimentados por un exceso de financiación que facilitó el alza de los precios. La globalización condujo a la economía mundial a tomar la forma de una economía de papel, virtual, inmaterial. La esfera financiera llegó a representar más de 250 billones de euros, o sea seis veces el montante de la riqueza real mundial. Y de golpe, esa gigantesca "burbuja" ha reventado. El desastre es de dimensiones apocalípticas. Más de 200.000 millones de euros se han esfumado. La banca de inversión ha sido borrada del mapa. Las cinco mayores entidades se han desmoronado: Lehman Brothers en bancarrota; Bear Stearns comprado, con la ayuda de la Reserva Federal (Fed), por Morgan Chase; Merril Lynch adquirido por Bank of America; y los dos últimos, Goldman Sachs y Morgan Stanley (en parte comprado por el japonés Mitsubishi UFJ), reconvertidos en simples bancos comerciales. Toda la cadena de funcionamiento del aparato financiero se ha colapsado. No sólo la banca de inversión, sino los bancos centrales, los sistemas de regulación, los bancos comerciales, las cajas de ahorros, las compañías de seguros, las agencias de calificación de riesgos (Standard&Poors, Moody's, Fitch) y hasta las auditoras contables (Deloitte, Ernst&Young, PwC).
El naufragio no puede sorprender a nadie. El escándalo de las "hipotecas basura" (subprime) era sabido de todos. Igual que el exceso de liquidez orientado a la especulación, y la explosión delirante de los precios de la vivienda. Todo esto ha sido denunciado -en estas columnas- desde hace tiempo. Sin que nadie se inmutase. Porque el crimen beneficiaba a muchos. Y se siguió afirmando que la empresa privada y el mercado lo arreglaban todo.
La Administración del Presidente George W. Bush ha tenido que renegar de ese principio y recurrir, masivamente, a la intervención del Estado. Las principales entidades de crédito inmobiliario, Fannie Mae y Freddie Mac, han sido nacionalizadas. También lo ha sido el American International Group (AIG), la mayor compañía de seguros del mundo. Y el Secretario del Tesoro, Henry Paulson (ex presidente de la banca Goldman Sachs...) ha propuesto un plan de rescate de las acciones "tóxicas" procedentes de las "hipotecas basura" por un valor de unos 500.000 millones de euros, que también adelantará el Estado, o sea los contribuyentes.
Prueba del fracaso del sistema, estas intervenciones del Estado -las mayores, en volumen, de la historia económica- demuestran que los mercados no son capaces de regularse por sí mismos. Se han autodestruido por su propia voracidad. Además, se confirma una ley del cinismo neoliberal: se privatizan los beneficios pero se socializan las pérdidas. Se hace pagar a los pobres las excentricidades irracionales de los banqueros, y se les amenaza, en caso de que se nieguen a pagar, con empobrecerlos aún más. Las autoridades norteamericanas acuden al rescate de los banksters ("banquero gangster") a expensas de los ciudadanos. Hace unos meses, el presidente Bush se negó a firmar una ley que ofrecía una cobertura médica a nueve millones de niños pobres por un coste de 4.000 millones de euros. Lo consideró un gasto inútil. Ahora, para salvar a los rufianes de Wall Street nada le parece suficiente. Socialismo para los ricos, y capitalismo salvaje para los pobres.
Este desastre ocurre en un momento de vacío teórico de las izquierdas. Las cuales no tienen "plan B" para sacar provecho del descalabro. En particular las de Europa, agarrotadas por el choque de la crisis. Cuando sería tiempo de refundación y de audacia.
¿Cuánto durará la crisis? "Veinte años si tenemos suerte, o menos de diez si las autoridades actúan con mano firme", vaticina el editorialista neoliberal Martin Wolf (1). Si existiese una lógica política, este contexto debería favorecer la elección del demócrata Barack Obama (si no es asesinado) a la presidencia de Estados Unidos el 4 de noviembre próximo. Es probable que, como Franklin D. Roosevelt en 1930, el joven Presidente lance un nuevo "New Deal" basado en un neokeynesianismo que confirmará el retorno del Estado en la esfera económica. Y aportará por fin mayor justicia social a los ciudadanos. Se irá hacia un nuevo Bretton Woods. La etapa más salvaje e irracional de la globalización neoliberal habrá terminado.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Se debilita Unión de Naciones Sudamericanas


Analizábamos el nacimiento, con turbulencias y esperanzas, de la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur), por haberse suscrito días antes –el 23 de mayo– en la ciudad de Brasilia, el tratado constitutivo por los doce países sudamericanos –Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Guyana, Paraguay, Perú, Surinam, Uruguay y Venezuela–, para construir de manera participativa y consensuada un espacio de integración y unión sudamericana en los ámbitos social, económico, político y cultural; y en Defensa, a través del Consejo Sudamericano de Defensa (CSD).
Han pasado ya seis meses y lamentablemente es muy poco lo que se ha avanzado. Además de dos reuniones para revisar las gestiones de intentar desactivar el conflicto entre opositores autonomistas y el Gobierno de Evo Morales –que concluyó sin acuerdo final–, fue postergada la tercera reunión programada para octubre en Viña del Mar.
Desde su inicio, la Unasur se ha debilitado por diversos problemas. Entre ellos: 1) Conflictos diplomáticos entre Colombia con Ecuador y Venezuela que originaron el cambio de sede inicial y mantienen actualmente serias controversias; 2) Negativa del presidente de Colombia para ejercer su presidencia, ocasionando el nombramiento pro témpore de la presidenta de Chile, Michelle Bachelet; 3) Renuncia del Secretario General, Rodrigo Borja, quien hasta la fecha no ha podido ser reemplazado por desacuerdos entre los países, y agravios y vetos entre Argentina y Uruguay; 4) Ideologización que pretende darle el presidente de Venezuela Hugo Chávez, quien aspira a un liderazgo regional para influir en una política exterior común hacia EE UU, y asimismo, apoya el avance de Rusia hacia Sudamérica –considerado su aliado estratégico–, incluyendo despliegues de su flota hacia el Mar Caribe.
Además, tampoco ha surgido la principal iniciativa de la Unasur de crear el CSD proyectado para sentar las bases de una nueva geopolítica en la zona basada en una política comunitaria de seguridad y asistencia militar. En agosto pasado debieron presentarse las propuestas para definir su futuro, lo cual no ha sucedido. Interfieren las opiniones del presidente Chávez de comparar el CSD con el plan de Simón Bolívar de formar la alianza (sudamericana) “para defendernos en ese mundo de imperialismo, neoimperialismo y guerras preventivas”. También inquieta el reciente pedido público de Rusia, a través de su secretario del Consejo de Seguridad Nikolay Patruscev, para incorporarse como observador de este Consejo Sudamericano de Defensa, que aún ni se ha creado.
Según el artículo 26° del tratado, la Unasur entrará en vigor treinta días después de la recepción del noveno instrumento de ratificación, sin embargo, hasta la fecha solo lo han depositado los gobiernos de Bolivia y Venezuela, no percibiéndose prioridad en el resto de países firmantes para su aprobación legislativa y correspondiente ratificación gubernamental. Mientras ello no ocurra, la Unasur no cuenta con personalidad jurídica internacional.
En este panorama, se está debilitando la esperanza de que los países de la región encontremos finalmente una nueva realidad de acercamiento, unión e integración, semejante a la alcanzada por la Unión Europea.